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La aprobacion de los demas…

La irrupción de los teléfonos inteligentes en la vida de las personas ha cambiado para siempre las formas de convivencia tal y como las conocíamos. Incluso redes sociales y programas a los que sólo se les daba uso en el ordenador han multiplicado su uso con la llegada de los celulares y de sus muchísimas aplicaciones.

Facebook y Whatsapp han acabado por romper todos los esquemas que teníamos establecidos. Si antes se hacía un viaje y una escapada y llevábamos la cámara de fotos para poder presumir a la vuelta de los parajes y monumentos que habíamos visto, ahora esta tendencia se ha radicalizado hasta el extremo más insospechado.

Las aplicaciones de los móviles nos hacen vivir más pendientes de la aprobación de los demás que de saborear los momentos. Cada salida de casa se convierte en una especie de retransmisión en la que los ciudadanos anónimos se comportan como celebrities que refriegan a sus amigos todas las peripecias que van haciendo.

Desayunos en Instagram, museos en Facebook, opiniones y felicitaciones en Twitter, charlas estúpidos en los grupos de Whatsapp… Y así invierte su tiempo la sociedad contemporánea. ¿Qué porcentaje de lo que se habla en los grupos de Whatsapp es realmente de interés y aporta algo de valor a la interrelación de los individuos? Seguro que un porcentaje muy bajo.

¿Es necesario de verdad vivir tan enganchado a determinados aplicaciones que únicamente nos hacen procrastinar? Ojo, hay aplicaciones maravillosas, e incluso las de uso más masivo tienen virtudes que se pueden exprimir de forma más que positivo. Pero el empleo abusivo de las apps en nuestras vidas no supone una aportación enriquecedora. En exceso, las aplicaciones –quizá como todo en la vida- no son recomendables. Eso sí, utilicemos las aplicaciones de los teléfonos inteligentes con comedimiento para trasladar mensajes importantes, para conocer el clima, para aprender cosas, para conocernos mejor, para conocer mejor al prójimo, para entender mejor el mundo sin perder el norte.